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Salud mental en un mundo enfermo

El pasado 10 de septiembre se conmemoró el Día Mundial de la Prevención del Suicidio, auspiciado por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Desde 2003 esta fecha busca visibilizar y mitigar una pandemia silenciosa que ha crecido en las últimas dos décadas: la depresión.

Hace seis años atravesé una crisis severa de ansiedad de la cual, por fortuna, salí bien librado. Hoy, gracias a la medicación controlada, cambios en mi estilo de vida y la fe, me encuentro estable frente a este trastorno diagnosticado.

En medio de aquel oscuro momento me acerqué a una congregación espiritual. Creí que iban a orar por mí y que, como por arte de magia, mi padecimiento desaparecería. No fue así.

Le confesé a uno de sus miembros más antiguos mi angustia y desesperación. Su respuesta fue contraintuitiva, pero realista y contundente: “¿Quién podría tener una plena salud mental en un mundo así?”

Luego me señaló a varios asistentes: “El hermano de la izquierda tiene un trastorno obsesivo-compulsivo. El de camisa roja fue diagnosticado con depresión clínica. El de corbata, que es de los más antiguos, sufre de epilepsia”. Ninguno se veía mal. De no haberlo sabido, jamás habría imaginado su situación.

“Jehová nos da fuerzas y esperanza de un futuro mejor —me dijo—. Por ahora nos mantenemos unidos para motivarnos. Pero ve al médico, busca un especialista, pide ayuda profesional. Aquí te esperamos para apoyarnos entre todos”.

No hubo pócimas mágicas ni liberaciones en idiomas extraños. Hubo realismo, un buen consejo y un tratamiento que me permitió levantarme.

Como decía mi abuela Rosa, que en paz descanse: “Con Dios es orando y con el mazo dando”. Siempre se necesita ese último aliento que empuje a pedir ayuda profesional. La fe es importante, pero también lo es la medicina. Un hipertenso, un diabético o un paciente con cáncer pueden creer en Dios, pero necesitan un tratamiento médico. Al final, la mayoría de las veces Dios obra a través de los profesionales que pone en nuestro camino.

Hace unos lustros, confesar que se padecía un trastorno mental era motivo de vergüenza. Hoy es el momento de normalizar la visita al psicólogo o al psiquiatra. Conozco a más de un enfermo fingiendo normalidad, incluso con claros desórdenes mentales. Los hay hasta en posiciones de poder.

No nos dejemos engañar por las vidas perfectas de las redes sociales. Allí solo se muestra lo luminoso y celebrable; lo triste y lo angustiante rara vez se “postea”. Detrás de muchas caras sonrientes, cuerpos esbeltos y paisajes idílicos, suelen esconderse historias de dolor.

Aprendí que no es anormal sentirse mal o experimentar desesperanza en algún momento. Tampoco lo es soñar con un mundo más justo y con menos sufrimiento. Entendí, además, que no está en mis manos cambiar el sistema, pero sí puedo trabajar en mi resiliencia.

Esa palabra tan repetida que, cuando se practica, no significa reír a carcajadas a cada segundo, sino aprender a valorar cada instante que la vida concede. Mientras haya aire en los pulmones, existe una razón por la cual luchar. Que no la reconozcas ahora no quiere decir que no exista. Adelante.

Por: Andrés Leonardo Cabrera Godoy

Editor General

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