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Alberto Suarez
Imágenes: suministardas.

Tras el recuerdo de Alberto Suárez Casas

Fue un hombre brillante y cultural que amó a Ibagué e impulsó la expansión urbanística de lo que conocemos actualmente.

Nació en 1924 y murió para un octubre de 1993, estudió arquitectura en la Universidad de Berkeley en Estados Unidos e impulsó el amor por la cultura y el arte ibaguereño.

Fue un adelantado para la época en que le tocó vivir, se había formado en el Seminario de Popayán y luego culminó sus estudios de bachiller en el colegio San Simón, y desde antes de partir para el exterior a formarse en el diseño arquitectónico se deleitaba en el arte de la fotografía.

Para quienes tuvieron la dicha de conocerlo, Alberto Suárez Casas es recordado como un hombre de glamour y buen gusto, elegante, intelectual, sensible al arte pictórico y musical de los artistas del siglo XX que estuvieron presentes en Ibagué.

Se cuenta que muchas de las pinturas expresionistas del gran Darío Jiménez Villegas fueron adquiridas con preocupación por don Alberto Suárez, cuando el artista las cambiaba por licor en los añejos cafetines que funcionaban en el Centro de la capital tolimense, y en los famosos ‘reservados’, en los que bellas sílfides se encargaban de consentir a los caballeros de los años 60, 70 y 80.

Muchas de sus placas fotográficas acerca del desarrollo urbanístico de Ibagué se conservan en los anaqueles del archivo de memoria visual, en la biblioteca Darío Echandía.

Sus últimos años los dispensó entre las presidencias del Círculo Social de Ibagué y el Club Campestre, y su compañera de soledad: ¡La hacienda Leticia!.

Esta propiedad situada en la meseta de Ibagué, en el kilómetro 27 de la vía Ibagué – Alvarado, es reconocida por el cultivo del arroz y otros cereales, y en la actualidad es operada por una familia de empresarios.

Sus deudos heredaron la boyante colección de arte que logró amasar durante su vida de sibarita, fue fundador además de Gavitolima, socio de la Asociación para el Desarrollo del Tolima, ADT, además de Aires, Catsa, Frigoibague, entre otras.

Muchos mitos se entretejieron sobre su muerte, a la edad de 69 años, una versión que jamás se confirmó rumora sobre su decisión de dejar de existir, por una decepción amorosa de una persona cercana, en su casa en el barrio Piedra Pintada.

La foto que ilustra esta crónica, es tomada del retrato que pintó su entrañable amigo Darío Jiménez Villegas en 1972. A ontinuación, transcribimos la carta que el artista le escribió al mecenas de la cultura ibaguereña Alberto Suárez, dándole un reporte de cómo avanzaba dicha obra de arte:

Dos

«Me parece que el retrato esta ya logrado, pues lo he seguido trabajando y personalmente estoy contento, ya que creo haber logrado especialmente el carácter. Le he enmendado lo que me has indicado y lo he ido puliendo en todas sus partes. Creo que posándome una vez más quedara concluido, para dejarlo que seque. Lo considero un buen retrato y una buena calidad de pintura, teniendo en cuenta visión personal, estilo y colocación. Con una luz favorable, dará toda su intensidad. Los colores son hermosos. He procurado la mayor tersura en el tratamiento de rostro y manos.

Todo esto, bien ambientado y con unidad dentro del paisaje, que es bastante luminoso, como en un atardecer pleno de luz y matices. Tus cambios de expresión me desconcertaron
un poco. Tu expresión inquieta y vivaz, como de todo ser de una rica vida interior e intensa, es lo que más me he propuesto captar y lo mas difícil. Ya en este caso no me volví a servir de las fotografías, aunque siempre me han parecido de mucho carácter. No me gustó mucho la parábola de Leonardo para los retratos; quiero una cosa más directa; además sin tanto poner ni
suprimir.

Oscilé entre la academia y mi bien manejado expresionismo, triunfando éste, para mi bien. Además, está el purismo de la forma, lo que me interesaba, para encajar la figura del hombre artista que hay en ti en forma rigurosa y a la vez inquieta. Ahora bien: lo que me propones, de cambiar el símbolo de la pieza arquitectónica por la máquina fotográfica que estaría en tus manos, se me hace más prosaico, aunque la maquina en tus manos produzca magníficos enfoques personales, como los que conozco. Para mí, el símbolo que te he querido colocar es más lírico y no se refiere tan solo a tu desdeñada profesión de arquitecto, sino a la del hombre que construye una vida con material imperecedero, por crear valores dentro de la cultura, imperecedera
como un mármol.

El símbolo es antiguo y siempre nuevo; es también más perdurable, como yo lo quise hacer antes y tu tenías la razón al no gustarte esta idea, pues nada más contrario a tu temperamento que el hombre que consume una vida cigarrillo en mano. Sería muy superficial el contenido del cuadro por este simple accidente. En cambio, esta actitud es un tanto aquilina y reposada, como en suspenso, con tacto acariciante de poeta. Te digo que el retrato, además, irá cobrando vida a medida que pasan los días y tu descifres el arcano que pueda contener como manifestación de vida y objeto de arte. Pasa esto siempre con los retratos; la familiaridad con ellos acaba por convencernos, como la célebre frase de Picasso: ‘El retrato acaba por parecerse’.

Espero que lo coloques bien, junto con los otros cuadros que de mí posees, y espero que con el correr del tiempo iras acrecentando tu colección, pues creo que personas como tu son las más dignas y comprensivas para tener mis cuadros sin falsear nada de su mensaje. Creo que este retrato lo sabrás valorar de acuerdo con tu inteligente criterio Sin más por el momento y en espera de la siguiente sesión de pose, me suscribo como el amigo que tanto te estima. Darío».

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