Venezuela vista con ojos colombianos

imagesUna mujer aborda el vuelo de San Antonio a Caracas llevando como equipaje  de mano diez kilos de azúcar. La torpeza de la dama, o quizá la estrechez de la avión, hacen que la preciada carga se desparrame sobre los asientos de primera clase. Las azafatas están furiosas. Los pasajeros que miran por encima del hombro, también.

La imagen me permite apreciar varias facetas de la realidad venezolana: la escases de alimentos de primera necesidad como la sacarosa para endulzar el café, la harina, el aceite o el papel higiénico; la venida a menos de las clases populares; y el auge de los ‘boli burgueses’, aquellos privilegiados con contratos estatales o privados que pueden permitirse por estas épocas de devaluaciones y recortes el lujo de viajar en primera clase.

Visitar aeropuertos, retenes, inmigración y oficinas estatales, golpea tus sentidos. Por dondequiera caminas te encuentras imágenes o referencias a los próceres y héroes de la patria. Desde Chávez (foto), Bolívar, Maisanta, Páez o Miranda. La retórica estatal parece anclada en el pasado. Quizá demasiado. Los menos favorecidos reclaman otras realidades.

Venezuela es tierra de contrastes. Taxistas, camareros y vendedores tratan de mostrar una cara amable pese a la crisis. Con una inflación galopante del 22%, desempleo, inseguridad, el bolívar devaluado, y la falta de oportunidades, se torna en un coctel muy fuerte para los oprimidos. Solo esgrimen con orgullo que puedan comprar la gasolina más barata del planeta. Para que se hagan una idea: con mil quinientos pesos colombianos se puede llenar el tanque de un vehículo particular tipo sedán, algo que en nuestro país no bajaría de cien mil pesos. En Isla Margarita, estado en el que los oficialistas ganaron las elecciones, se erigen nuevos barrios populares donde el gobierno regaló lotes y materiales a cientos de pobres que se hicieron con casa propia, con el compromiso de trabajar en la misma obra y pagar módicas sumas con plazo a veinte años.

En ciudades como Caracas la generosidad estatal quizá ha sido llevada al límite: “el gobierno alcahuetea a un poco de malandros que no trabajan. Les regalan casa, comida y hasta televisores. Como no tienen nada que hacer, arman bandas y atracan a punta de pistola”, me dice Vicente, un taxista al que le pregunto qué tal sería visitar la villa caraqueña. “Yo lo pensaría dos veces, pana”, afirma con cara seria. El conductor señala que hay fines de semana tan violentos en la capital, que llegan a contabilizarse hasta 60 asesinatos en dos días. Se escuchan también pavorosas historias de secuestros exprés y asaltos donde “disparan primero y preguntan después”. Pero poco de esto sale en los medios. “Tampoco dicen nada de la corrupción”, remata Vicente cuando le indago por el nepotismo rampante en el país: la esposa de Maduro es la Procuradora; el yerno de Chávez, vicepresidente; Capriles, gobernador de Miranda; Adán, el hermano mayor de Chávez, también gobernador.

Una ley regula los contenidos de emisoras, periódicos y sitios web. Hay proliferación de medios afines al chavismo y la toma paulatina de algunos privados. No hace poco, Globovisión, otrora canal particular, fue adquirido por uno de los amigos del presidente de la Asamblea venezolana, Diosdado Cabello. Haciendo zapping se aprecia la propaganda oficial por doquier contra la oligarquía, la burguesía, o el imperialismo. No solo en Telesur. Irónicamente, hay canales chinos o iraníes donde quizá por las imágenes, también tronan contra el régimen en mandarín o en farsi. Deberían tener subtítulos al español para poderlos entender. Son testimonios de las alianzas que tejió Chávez con cualquiera que no se hubiese alineado con Estados Unidos, al que siempre acusó de haber instigado el golpe de estado que lo sacó del poder por unas horas en 2002.

La aventura por el supermercado resulta reveladora. La mayoría de artículos de la canasta familiar no se producen aquí. La leche tiene etiqueta argentina o colombiana. Los jugos de caja, igual. Traslado mi inquietud a una dependiente que me saca de dudas: “sale más barato importarlos que producirlos”. Con la abundancia de ‘petro dólares’, y el barril de crudo que alcanzó los 140 dólares, hace pocos años, Venezuela se lanzó a gastar en forma. No solo fue Chávez regalando dinero a Ecuador, Bolivia o Nicaragua; o armándose de tanques, misiles y aviones; o dando dinero a sus amigos de Hollywood (Oliver Stone o Sean Penn); tiendas de Miami fueron invadidas por venezolanos bautizados como los “Dame dos”, en referencia a su manía de pedir un par de cada artículo en oferta. Desde Rolex de oro hasta Ferraris o Lamborginis. Hoy, ese consumo desmedido les pasa factura. Con un sistema productivo cada vez más estatizado, que desestimula la inversión privada, y donde tener divisas del país del norte se volvió algo proscrito y perseguido. Lo atestigua la actitud de Rocky, quien atiende un bar en la playa del hotel donde me hospedo. El tarro de las propinas está lleno de bolívares, pero cuando un argentino le deja por casualidad un dólar, el supervisor del barman corre a quitárselo y entre ambos se desata una discusión en voz baja que termina con una cara de resignación del empleado sometido a la jerarquía de su organización y a las normas oficiales que castigan hasta con cárcel llevar a Washington o a Ben Franklin en la billetera.

El bombardeo multicultural se pone de presente en el país hermano. Los argentinos con los que he tenido contacto pretenden ser europeos o gringos a lo sumo. Los venezolanos, contagiados por la labia porteña acaban llamándote “che” o “loco”, a los pocos días de tratarte, como si estuviésemos en Buenos Aires. En los aeropuertos es común ver parejas árabes con esposas embutidas en burkas. Por estos días andan embelesados con Los Tres Caínes, la controvertida serie de televisión que cuenta, entre realidades  y fabulaciones, el fenómeno del paramilitarismo en Colombia. Tal vez, es el efecto de la globalización, diría algún erudito. Tal vez Chávez tenía razón en su reclamo por una identidad latinoamericana, buscando su propia voz, lejos de modelos e influencias extranjeras. “Pitiyanquis”, llamaba a aquellos con afinidad o dependencia hacia el país del norte.

El próximo 14 de abril, los venezolanos deberán decidir si le apuestan a la continuidad del modelo que algún columnista denominó con sorna como “narcisista – leninista”, exagerado  culto a la personalidad; o con el cambio que promete Capriles en su segundo intento por arrebatarle al chavismo el control sobre la tercera reserva de petróleo más grande del mundo.

Por: Alexander Correa Carvajal, codirector de www.alaluzpublica.com