Que un colectivo ciudadano con autoridad política y legislativa, de diversidad ideológica, con responsabilidad moral y legal tanto en lo personal como en lo institucional, pensando solo en la sanidad fiscal de su municipio, llegue a tomar decisiones abiertamente impopulares, desafiando la presión indebida y coercitiva, constituye un hecho histórico de grandes proporciones dado que todo parece marcar la autonomía de los representantes legítimos de un pueblo y de los ciudadanos sometidos siempre al avasallamiento de quienes ostentan el poder en su beneficio y de sus amigos.
Este tatequieto lleva implícito un claro mensaje a quienes acostumbran esas prácticas perversas, ya que saben a qué atenerse, a que están frente a un grupo y a un pueblo con verdadera conciencia social, porque este hecho no es politiquero, no se lo puede atribuir nadie ni adjudicar a un tercero, ni siquiera a la oposición a ese gobierno, ni a ningún grupo o líder, no señores, sus autores fueron siete miembros de una corporación con una conexión mental y espiritual con los miles de ciudadanos conscientes de que lo público es sagrado y que la ley está por encima de las necesidades ciudadanas y las necedades individuales.
Me refiero a lo acontecido el pasado lunes 26 de agosto de 2025 en el Líbano (Tolima), en donde siete concejales hundieron un proyecto de acuerdo de la alcaldía, que pretendía otorgar facultades a la mandataria local para comprar un kit de maquinaria amarilla con un empréstito de 3.500 millones de pesos, endeudando al municipio por ocho años. Esta iniciativa había sido presentada y cuestionada y/o retirada en otras dos oportunidades.
Los siete concejales de esta meritoria acción fueron Ferdinando Arbeláez (presidente), Luis Carlos Cadena, Evelio Casas, Ana Milè García, José Omar Muñoz, Orlando Ocampo y José Manuel, la mayoría campesinos, de oposición o de la línea de gobierno, pero con un común denominador: responsabilidad con conciencia social. A los otros seis concejales no los puedo juzgar ni censurar, porque creo que su decisión es autónoma; ese es el juego de la democracia.
Lo que si no es democracia es la censura de los ciudadanos, contratista o no, que critican la actitud de los concejales que hundieron el proyecto, ni el oportunismo de algún derrotado excandidato a la alcaldía, con posiciones amenazantes, o la misma revictimización de la alcaldesa y su peyorativa intervención en la emisora local, cuando su papel es el de unir, no el de disociar, ya que hay alrededor de 50 mil libanenses que se afectarían porque su millonario y ambicioso plan de desarrollo quedaría en letra muerta.
En estas condiciones El Líbano seguiría en retroceso, porque bastante trabajo el que nos viene tocando pasar de pueblo a microciudad, quizá por ello, los más viejitos, con nostalgia evocamos los tiempos de la aldea dorada, cuando propios y foráneos en una pujante fusión hicieron brillar el terruño, ese que hoy nos pide conciencia social y unidad para relumbrar.
Señora alcaldesa, señores concejales, ciudadanos: nos declaramos en sesión permanente por El Líbano.
Por: Miguel Salavarrieta Marín
Comunicador social.
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