El adiós

Germán Gómez

Germán Gómez

El 18 de febrero luego que una vecina me sugiriera con insistencia revisar mi chat de Facebook me di cuenta que el ‘Abuelo’ Había muerto. Hace mucho que no veía al ‘Abuelo’ y, si no es por la información registrada en el periódico Q´hubo Ibagué, no me entero de que su nombre era Jarrison, con J.

El ‘Abuelo’ fue un amiguito de infancia y aún recuerdo el día en que apareció en nuestra cuadra como un intruso: mis vecinos y yo jugábamos fútbol en vacaciones. Un niño un poco más sucio, un poco más tímido, se empezó a acercar a nosotros. Se sentó en el andén de una casa distante después en la siguiente y así cada vez más cerca. Estático, mirándonos muy serio, lanzó la pregunta obvia ¿Puedo jugar? Desde ese día el Abuelo jugó muchos fines de semana junto a nosotros. Nadie sabía dónde vivía pero a nosotros no nos importaba.

El tiempo pasó y desde que quebró la farola del carro de don Marcos al tratar de anotar un gol, nunca volvió. Al parecer vivía lejísimos. Lo volví a ver en una noche oscura por la avenida Guabinal, se acercó con la confianza de cuando éramos niños y me preguntó por el dueño del carro que habíamos dañado cuando estábamos chicos. Nos reímos a carcajadas. Llevaba un cigarrillo en la mano y estaba igual de viejo; el “abuelo” vivió y murió con un rostro maduro.

Yo no sé si la vida convirtió a Jarrison Perdomo Cruz en un tipo mal entonado y pendenciero. No conocí sus gustos, ni su carácter en edad adulta— yo me quedé con su versión de niño—Tampoco sé las razones por las que Andrés Felipe Acosta, patrullero de la Policía Metropolitana, detonó el disparo que silenció al Abuelo para siempre.

Una de las versiones es que los uniformados llegaron de la nada a golpear a un grupo de jóvenes que departía al son de unos aguardientes en el barrio Venecia (al Abuelo como que le gustaba el guaro). Iracundo por defender a un amigo, lanzó un colchón encendido al patrullero Andrés Felipe Acosta quien reaccionó con su arma de dotación y el Abuelo expiró. Unos dicen que en defensa propia, otros dicen que no. Pues aseguran que forcejeo, no hubo.

El abuelo sin lugar a dudas era un personaje ajeno a la realidad del resto de los niños con los que pateó el balón y estaba sumergido en otras dinámicas. Mientras él andaba braveando líos policiales, uno andaba lidiando con los amigos, si, acompañar la hamburguesa con gaseosa o jugo.

Se podría deducir que el Abuelo no era una perita en dulce pero las investigaciones serias no se hacen con deducciones. El patrullero no aceptó los cargos de homicidio culposo y la investigación continua.

El Abuelo ya no está. Ya no estaba, ya no rompe farolas, ni se carcajea duro. La vida pasa tan rápido que, aun siendo jóvenes, ya empezamos a despedir nuestros propios muertos. Los partidos que se jugaron hace 12 años atrás con una pelota gris ya tienen la cara del “abuelo” borrosa.

Con el pasar del tiempo, todos esos niños que pateamos la misma pelota grisácea correremos la misma suerte, porque la muerte sí es democrática y no hace excepciones con nadie. En el partido de la vida Jarrison Perdomo Cruz ya tiene tarjeta roja y mientras tanto, usted y yo, seguimos disputando con agotamiento o entereza, dependiendo del día, otro tiempo extra. Paz en su tumba.

Por: Germán Gómez, estudiante de Comunicación Social, Universidad de Ibagué.