En donde jugar

Luis Carlos Rojas García, escritor.

Leí alguna vez una historia que, como todas esas buenas historias, su final podría ser sin problema el principio de la misma. Una historia bastante distópica, pero, muy adelantada para la época en que fue escrita.

Pues bien, voy a tratar de hacer una pequeña referencia sin mencionar al autor ni el nombre de la misma, para no arruinarla, por si algún día se la encuentran por ahí.

El asunto es que, los aviones volaron sobre la pequeña comunidad y dejaron caer sus regalos: balones, muñecas, osos de peluche, carritos y otros juguetes. Entonces, los niños de la aldea corrieron hacía los juguetes y sus rostros se maravillaron frente a esos regalos caídos del cielo.

Lo mismo ocurrió en las aldeas cercanas. Las personas no podían creer tan hermoso acto y durante algunos días disfrutaron al ver a sus niños jugando con tanta emoción. Ahora bien, ocurrió que uno de los niños encontró un oso de color marrón y blanco, de ojos negros, lengua roja y orejas grandes.

El niño pensó que serían los mejores amigos, le ofreció toda su ayuda, su amistad, le propuso incluso llevarlo a la escuela, dormir con él. Serían inseparables y juntos, si se lo propusieran, terminarían la guerra; de eso no había duda.

Cierto día, el niño notó que su amigo el oso tenía un extraño botón en la parte de atrás, justo en su espalda. Era algo duro que, a lo mejor, le permitiría al oso hablar o decir cualquier cosa como: tengo hambre, quiero hacer pipí o algún chascarrillo.

Entonces, el niño apretó el botón y el oso explotó en mil pedazos y con el oso, el niño, y con el niño, la casa, y al cabo de unos instantes, se escucharon más y más explosiones, no solo en la aldea, también en todos los lugares aledaños en donde un balón, una muñeca, un carro o un caballito de madera acaba con los niños que, al igual que el primero, habían decidido apretar el botón.

Escrito lo anterior, debo decir que la guerra lo ha hecho de nuevo. El Estado y su glorioso Ejército han dado un golpe letal a lo que han denominado como “Máquinas de guerra”. Los aviones han levantado sus alas y han dejado caer sobre los niños los regalos que, minutos más tarde, han explotado en las manos y en los rostros de esto criminales, los más peligrosos de toda la historia de la humanidad. Sí, me refiero a los niños.

Por supuesto, tenemos un país tan hermoso y próspero gobernado y habitado por gente tan ignorante y corrupta que se atreven a justificar la barbarie diciendo cosas como que esos niños, al igual que los miles de niños abusados, violados, maltratados y asesinados, se merecían su destino.

Y no es para menos, estos niños “no estaban recolectando café”; tenían un alias; estaban armados por gusto; de hecho, ellos no nacieron con un pan debajo del brazo, ni un celular, tableta ni computador de última tecnología, nacieron, a lo mejor, con fúsil y granadas.

Y, por si eso no les convence, no eran nadie, no tenían apellido, ni familia y, lo que es peor, no eran sus hijos, ni los míos, eran los hijos de otros, de los de siempre, de los que ponen la sangre para que el espectáculo siga.

Sí, en Colombia, nuestro país, es tan fácil vestir a un muchacho de botas y camuflado para después asesinarlo; es normal, porque hay que mostrar cifras y sacar pecho en foros internacionales. Es tan fácil desplazar a la gente de sus tierras y si la cosa se pone oscura, sencillo, aplicamos la ley de la comparación, por ejemplo: si la guerrilla asesina, desplaza y viola ¿Por qué el Ejército y la Policía no pueden hacerlo?

Todo, absolutamente todo, se va en justificaciones absurdas para seguir promoviendo una guerra que no tiene cuándo acabar. Entre tanto, los niños, amos y señores del mal, siguen en medio del conflicto, siguen sin poder ir a la escuela, al colegio o a la universidad, pero:

¡Quién los manda a ser pobres y no buscar oportunidades! ¡Quién los manda a vivir en el campo y ser secuestrados por los grupos armados como la guerrilla o los mismos paramilitares! ¡Quién los manda a ser tan apetecidos por el ejército quien, no en todos los casos, pero si en muchos, los ven como ficha clave para ajustar sus cifras! ¡Quien los manda a ser indígenas y a no tener estudio! ¡Quién manda a esas niñas indígenas a ser indígenas y a tener 10 u 11 años y a andar de ofrecidas a un grupo de soldados que no tienen por qué preguntar, solo tienen que entrar a matar! ¡Quién los manda a pertenecer a grupos religiosos y a buscar que los abuse un pastor o un sacerdote! ¡Quién los manda a ser el negocio favorito de las mafias que los venden sexualmente o que venden sus órganos! ¡Quién los manda a no obedecer en sus casas y a no aceptar que el maltrato, el golpe y el grito es lo que hay y es lo mejor para formar hombre y mujeres de bien! ¡Quién los manda a no sacar buenas notas! ¡Quién los manda a tener padres irresponsables, a no ser deseados, a ser una carga, a no pronunciar bien la R, a no ser planeados, a ser los brutos por no saber matemáticas, español o inglés! ¡Quién los manda a querer ir a la escuela cuando saben que tienen que trabajar! ¡Quién los manda a no haber tenido derechos y a ser invisibles en la historia del hombre y la mujer! ¡Quién los manda a dar papaya y ser presas fáciles de abusadores y asesinos en serie!

En resumidas cuentas:

¡Quién carajos los manda a ser niños y a no tener en donde jugar!

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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