Luis Carlos

La mejor hora de día

La mejor hora del día es ese pequeño instante
cuando, entre tus brazos, vuelvo al hogar”.
(El autor).

Tomó un trago de vino y luego, como si se tratase de un loco de atar, le preguntó al gato negro de Poe y al gato triste y azul de Roberto, si la habían visto; si sabían en dónde estaba; si había dejado un mensaje para él antes de salir. Pero, los gatos, amos y señores de la noche oscura, no respondieron nada.

Entonces, la casa se volvió más grande, más extraña y las paredes… las paredes fueron en ese momento más tristes y silenciosas. Caminó de aquí para allá y allá para acá y la sensación de vacío seguía ahí como el dinosaurio de Monterroso y lo que era peor, comenzó a sentir que un grupo de mariposas caníbales le devoraran las entrañas.

Nuevamente un sorbo de vino tinto y la noche fue más oscura y los murmullos más silenciosos e imaginarios.
Entró a la habitación y se encontró con que la cama estaba fría; ni siquiera sus manos pudieron tocarla porque había llegado hasta los menos cuarenta y tantos grados bajo cero. De hecho, las almohadas, que normalmente y cuando ella estaba jugaban como niños a guerra de almohadas, estaban pálidas y desconsoladas.

No tuvo más remedio que acabar la botella de vino y luego, se detuvo frente a la ventana a reflexionar.
Se quedó absorto, con la mirada perdida frente al cristal. Quien lo hubiese visto, hubiese pensado que estaba poseído, pero, no, solo reflexionaba sobre el tiempo y su ironía y la manera absurda cómo lo desperdiciamos dejando que se nos vaya la vida misma en este ejercicio nefasto de desperdiciar cada instante.

Recordó a todos esos ancianos que tuvo que cuidar durante tantos años, mucho antes de encontrarla a ella quien, sin lugar a dudas, se había convertido en la razón por la cual no quería que se le acabase la vida.
Recordó que el tiempo se puede convertir en el peor enemigo, como lo es para el cantor del acordeón triste y para todos los que han vivido y evolucionado.

Y luego, llegaron las preguntas sin respuesta: ¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que comencemos a sentir la ausencia de quien se ama?

¿Cuánto tiempo tardamos en darnos cuenta que no queremos estar nunca lejos de esta persona? ¿Quizás un día, una tarde, un segundo, una milésima de segundo, una vida o media vida?

No se supo responder porque las conexiones del corazón, alma y el espíritu van más allá de las divertidas teorías psicológicas que hablan de la dependencia y el narcicismo y de saber que todo se produce en el cerebro.

Fatigado y rendido ante su raciocinio y soledad, se recostó en el sillón, en medio de su enorme y solitario estudio, y se dejó llevar a la mejor hora del día… justo a ese pequeño instante cuando, entre sus brazos, volvía al hogar.

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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