Maestros al olvido

Alex_Correa
Alexander Correa

La muerte de Antonio José Caballero, me sume en profundas reflexiones sobre el ingrato, mal pago, peligroso, pero apasionante oficio del periodismo que algunos acogemos con verdadera vocación.

Poco a poco, se están yendo esos grandes maestros de la comunicación, que nos hacían soñar de chicos, tratando de imaginar a quienes estaban al otro lado de la línea, informándonos. Soñaba con la tremenda voz de Gustavo Niño Mendoza; me emocioné hasta las lágrimas escuchando al aire el clamor del presidente de la Corte Suprema de Justicia, pidiendo el cese al fuego en la toma del Palacio de Justicia; o cuando un piloto de fumigación le contaba a Yamid Amat, con voz anegada por el llanto, que Armero había desaparecido; o cuando Aída Abella, rogaba porque no la mataran, en una entrevista al aire con Caracol, cuando su auto era atacado por rockets y bala. También, veía de niño a un gigante de casi dos metros dar las noticias en televisión, y luego supe de su extraordinario talento narrativo, en crónicas y películas, que patentaron el inmenso nombre de Ernesto McCausland.

Por esta misma época, en 2012, fallecía en Ecuador Henry Holguín, exdirector de la revista VEA, y quien tenía la honrosa paternidad de haber ‘descubierto’ la ‘Machaca’, un bicho tropical, del que para librarse de su ponzoña era necesario hacer el amor dentro de las veinticuatro horas siguientes. La noticia de Henry, desató una cacería de periodistas, biólogos y entomólogos que buscaban clasificar y registrar el hallazgo: pero todo resultó en una inocente y audaz fabulación del periodista, impensable en nuestros días. Con ese mismo candor, se perdonaban los inventos amables de Ximénez, célebre redactor judicial de El Tiempo, de los años cuarenta; o hasta las ilusiones de nuestro premio Nobel, quien se confesó hace poco, sobre una crónica que escribió de un hombre que en Caracas, ante la escasez de agua, supuestamente se afeitaba con líquido que extraía de latas de conserva.

Hace unos años, se fue César Valencia, el periodista de las ‘altas cortes’, que por muchos años trabajó en los grandes medios nacionales, y que en su vejez, recaló en Ibagué, tratando de encontrar espacio en las emisoras locales. ‘Tapeto’ y Correa, le dieron chanfa, pero luego en un injusto y desproporcionado ataque, fue tildado de “sicario del micrófono”, de “terrorista de la información”, por un dirigente político al que incomodaban sus denuncias, que incluso lanzó dudas sobre su honor sexual, al decir que Valencia sostenía “una amistad relajada” con otro colega. Al final de sus días, Valencia se fue a la web y fundó El Garrote, una página que fustigaba a los poderosos y hacía reflexionar, cuando sus investigaciones y denuncias no tuvieron más espacio en el dial de la Ciudad Musical.

En Ibagué, también se han ido colosos del micrófono como Luis Eduardo Ruiz Rubio, ‘Tico Tico’, Elías Sandoval; y a otros como Arnulfo Sánchez, Orlando Matoma, Marcos Gómez, Hernando Ortiz, se les apaga la memoria y el talento con el inexorable paso de los años.

Quisiera pensar que el futuro es alentador para nuestro oficio. Pero entre la oferta nacional de medios, los dávilas, sanchez cristos, morales, ruices, y demás yerbas, no hay uno solo que alcance la estatura moral o intelectual de un Juan Gossaín, en uso de buen retiro, como estilan decir los militares. Alguien, fruncirá las cejas y me dirá que ahí está Arizmendi en Caracol, pero quienes le hemos conocido sus piruetas y mandados, primero para el Sindicato Antioqueño, luego para el Grupo Santodomingo, y ahora para Prisa, no nos queda más que recordar al humorista nacional del stand up comedy, con su indiferente: “deje así”.

Por ello, quiero tener fe en las generaciones de nuevos periodistas que están saliendo de las universidades, en ciudades que como Ibagué, tienen cuatro facultades de comunicación. Me resisto a creer que de entre ese puñado de jóvenes soñadores, esclavos del Facebook, del Twitter y demás entretenimientos digitales, de esos «aldeanos digitales«, como los llamó el profesor Camilo Jiménez, que renunció a su cátedra porque sus alumnos no sabían escribir; no haya un solo Antonio José Caballero en potencia, que se preocupe por ir más allá de lo que le piden sus profesores; que vaya a la biblioteca y lea muchísimo para poder escribir con hilaridad; que sacrifique domingos y festivos, viernes en la noche, para investigar o tomar datos que serán portada en El Tiempo, como me ocurrió en una oportunidad; que pase noches en solitario reflexionando, sopesando los contenidos que dará al público, para informar con responsabilidad.

Si uno solo de esos muchachos, se aparta del ruido, de la complacencia malsana con el poder, del periodismo facilista y del montón, de informarse por mail o por chat, de no tragar entero, de dejar de ir a poner la grabadora en insulsas ruedas de prensa, de salir a la calle sin la comodidad del aire acondicionado o del computador; nuestro oficio no morirá y seguirá recitando con voz altisonante, una de las últimas consignas que predicara el maestro Henry Holguín: “el periodismo grita, donde otros andan susurrando”.

Por: Alexander Correa C., contador público, codirector de A la luz Pública, autor.

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