El reciente sismo de magnitud 5,6 con epicentro en Chaparral ha vuelto a sacudir las entrañas del Tolima, recordándonos con crudeza la vulnerabilidad del territorio que habitamos.
De acuerdo con el Servicio Geológico Colombiano (SGC), este movimiento es parte de un enjambre sísmico que ya acumula más de 1.600 eventos menores en la región. Para los tolimenses, este fuerte temblor y sus constantes réplicas se sienten como una carga demasiado pesada en un momento donde el temple de nuestra gente ya venía siendo puesto a prueba.
No se puede ocultar: este año ha sido profundamente difícil para nuestro departamento. Hemos visto cómo las llamas devoraron miles de hectáreas en incendios forestales implacables, y hemos padecido la zozobra y el dolor de cobardes atentados terroristas que han golpeado directamente a nuestra población civil en distintas municipalidades. Y ahora, como si no fuera suficiente, la tierra ruge y nos vuelve a poner en vilo. Es completamente natural sentir miedo; acumular tanta incertidumbre consecutiva agota a cualquier comunidad.
Sin embargo, ante una naturaleza que no podemos controlar, la mayor herramienta que nos queda es la mente fría. Es un hecho científico absoluto que nadie puede predecir con certeza cuándo, dónde ni de qué magnitud va a ser el próximo temblor. Por eso, el antídoto contra el pánico no es la adivinación ni las falsas cadenas de redes sociales que solo buscan alarmar; el verdadero antídoto es la sensatez.
Tener sensatez en medio del miedo significa dejar de ser presas del pánico destructivo para pasar a la acción preventiva. Significa atender exclusivamente los canales oficiales del SGC y las directrices de las autoridades locales, ignorando los rumores malintencionados.
Los tolimenses hemos demostrado históricamente una resiliencia inquebrantable ante la adversidad. Hoy, cuando la tierra nos recuerda lo impredecible que es la vida, la respuesta colectiva debe ser la prudencia, la preparación en casa y la certeza de que, informados por las fuentes correctas, sabremos proteger lo más valioso que tenemos: nuestras familias.
Este es un Editorial de A la luz Pública
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