Regreso a clases

Estudiantes en Canadá. Imagen de referencia.

Ha pasado el inclemente verano que este año en Canadá fue realmente extraordinario; aunque el sol brilla, poco a poco el frío se apodera de las calles y de los corazones que habitan estas tierras. Ahora bien, luego de un sinnúmero de medidas relacionadas con la protección y los cuidados contra el Covid-19, y aunque aún hay mucha preocupación, el gobierno nacional decidió que a partir del 31 de agosto las escuelas y colegios abrirían sus puertas para que los chicos regresaran a sus clases presenciales.

Por lo anterior, la vida de los ciudadanos se transforma. Vuelve la eterna lucha por despertar a los chicos, el correr de algunos, los gritos de otros, los nervios propios de ese primer día, aunque ya se haya asistido antes a un colegio, pero, es normal, mas ahora con el tema de un virus que ha matado a tanta gente y que no se sabe a ciencia cierta qué más puede pasar; sí, es normal que los nervios sean más fuertes ahora que cientos de personas se habían preparado para quedarse el resto del año encerrados y, por qué no, el resto de sus vidas.

Los chicos de estas tierras, los nativos y extranjeros, caminan tranquilos por cada ruta; los padres de familia en sus carros hacen lo propio y el transporte escolar vuelve a colorear de naranja a las ciudades que se despiertan más temprano con el retorno de los muchachos. Ansiedad, es lo único que se puede percibir en los niños y jóvenes, ansiedad de ese regreso, y en la mayoría de los padres un ademan de alegría al sentirse libres.

A lo anterior se suma que gran parte de los estudiantes, por no decir todos, desayunaron bien, se fueron bien abrigados, algunos hasta llevaban sus cuadernos y maletines nuevos, otros incluso compraron ropa para estrenar, sin dejar de lado que sus loncheras van bien equipadas para que no sepan lo que es pasar hambre. Todo, absolutamente todo, gira en este lugar como una rueda casi perfecta en donde la economía se sostuvo durante la pandemia, en donde la gente pudo estar en sus casas sin pensar que no tenían para comer, pagar un arriendo o cumplir con sus deudas. De ahí que muchos piensen que es el paraíso, aunque yo sigo pensando que no lo es.

Como sea, no deja de ser paradójico y triste pensar en el desequilibrio que hay en este planeta llamado Tierra y entre los mal llamados seres humanos cuyos comportamientos a veces, por no decir la gran mayoría de veces, no tienen nada de humanos. La balanza está siempre inclinada hacía un lado y justamente eso es lo que causa indignación.

Como ya lo dije antes las comparaciones son odiosas y no tienen punto de equilibrio, pero, pensar que pronto cientos de niños, niñas y adolescentes de un país como Colombia tendrán su regreso a clases y no precisamente con tantas comodidades, ni con tantos protocolos para que no se contagien, es abrumador. Pensar que no solo tendrán que volver a sentir los nervios de ese primer día de clase, sino que además estarán muertos de miedo por el virus, por no tener qué comer o, incluso, por tener que llevar sus zapatos rotos y qué cuentos de estrenar ni qué nada, causa un sin sabor. Y eso es lo de menos porque para muchos, aunque esto no es cosa de Colombia, les espera en sus casas la violencia, la angustia de saber que no hay con qué pagar un arriendo o deudas y qué me dicen de los chicos que tienen que trabajar. Todo esto lo único que genera es una verdadera desolación e impotencia en quienes todavía conservamos algo de humanidad.

No obstante, el mundo sigue dividido entre los de arriba, los del medio y los de abajo bien abajo. Y mientras sigamos con ese pensamiento egoísta del sálvese quien pueda, mientras se siga con ese comportamiento mediocre de estar eligiendo personajes corruptos que solo buscan su bienestar y el de los suyos, mientras el conformismo y la parsimonia reinen, el regreso a clases seguirá siendo una tortura para unos y un alivio para otros.

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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