Justicia
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Y la justicia en Colombia, ¿para cuándo?

A propósito de los jóvenes argentinos condenados a cadena perpetua.

Este martes el mundo amaneció con la noticia de la condena a cadena perpetua para cinco exjugadores de rugby acusados de matar a golpes al joven Fernando Báez a la salida de una discoteca en Villa Gesell, Argentina. Otros tres jóvenes recibieron una sentencia de 15 años en prisión por ser partícipes secundarios de este hecho el cual tuvo lugar el 18 de enero de 2020.

Según la autopsia el joven murió por un traumatismo de cráneo severo debido a la alevosía de sus verdugos los cuales no tuvieron compasión aun viéndolo en el suelo inconsciente. Las patadas y puños nunca pararon y cuando fue trasladado a un centro asistencial fue en vano lo que hicieron los galenos por salvar su vida.

Recuerdo que cuando tenía 18 años y en pleno  ímpetu de mi juventud y sorteando mi difícil carácter, viví una historia parecida con un final  milagroso para mi suerte. A la salida de una fiesta en el barrio Cutucumay de Ibagué, ebrio y desorientado fui expulsado por la dueña de la rumba y yo le respondí con una grosería. No me percaté y en ese momento unos jóvenes se abalanzaron sobre mí sin pensarlo dos veces.

No recuerdo cuántos eran. Los dos amigos que trataron de sacarme de las garras de la pandilla hablan de cinco. Otros de más. Todos tenían en sus manos un arma conocida como “tambo” que contaba con una bola de acero en la punta. Fueron muchos los golpes que recibí por todo mi cuerpo y mi cabeza. Me volaron más de siete piezas dentales, me cogieron puntos en algunos lados de mi cara, incluso internos en mi boca. En la cabeza las equimosis y los chichones eran impresionantes.

Gracias a mi hermano y a un amigo (que también los lastimaron) lograron sacarme a rastras de la furia de la pandilla. Mi camiseta (que era blanca) se había convertido en roja por todos lados. Mi madre casi se desmaya al verme y mi padrastro me llevó de inmediato a urgencias, también llegó mi padre. La recuperación duró más de seis meses y duré mueco (con puente) más de un año. El daño físico fue grande pero, más el psicológico.

De mis verdugos, solo queda un vago recuerdo. Jamás recibieron ningún castigo por lo que me hicieron, jamás hubo un lo siento. La justicia declaró el tema como problemas entre bandas. No voy a esconder que fui un joven rebelde pero de ahí a ser un delincuente o un peligro para la sociedad había mucha diferencia. Además, del famoso problema entre “bandas” solo hubo una víctima y fui  yo. No fueron lesiones personales, fue un intento de homicidio.

Hoy en día agradezco al Todopoderoso, el haber salido vivo de esa situación y de otras más. Lamentablemente, muchas personas no corren con la misma suerte y las víctimas en un país como el nuestro tienen que aprender a vivir con las injusticias y la desidia  de una sociedad indolente en muchos sentidos.

Esa sociedad que dice que el joven Santiago Murillo es culpable de su muerte porque no debía estar en la calle en toque de queda. Que la D.J Valentina Trespalacios buscó su suerte por estar jugando con los sentimientos del pobre gringo. Que el joven Colmenares, era problemático y fuera de eso se metió con la novia de un duro. Miles de excusas absurdas para justificar hechos que no tienen justificación.

Hace más de ocho años dejaron al joven Juan Bernardo Mejía en estado vegetativo a la salida de una discoteca en Ibagué. Según testigos los jóvenes primos Mario Alejandro Troncoso y César Alejandro Troncoso lo agredieron con palos, ladrillos y botellas hasta partir su cráneo.  Según los médicos la condición de Mejía es irreversible.

En Argentina se necesitó de tres años para que la justicia funcionara. Aquí en Colombia todos los abogados saben que con el vencimiento de términos todo se arregla. Decenas de victimarios viven tranquilos o como si nada en Colombia y a sus víctimas les resta esperar la implacable justicia divina.

Por lo menos como sociedad empecemos a aportar a la defensa de las víctimas, y no de los victimarios. No falta quien diga (en mi caso) que porque un joven borracho de 18 años  le echó la madre a una mujer merecía estar en el barrio de los acostados. De haber sido así, no estaría escribiéndoles, mis verdugos estarían libres y mi mamá llorándome.

¡Más empatía, por Dios!

Por: Andrés Leonardo Cabrera Godoy

Editor General.

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