La falsa vida nocturna de Ibagué

DISCOTECA OK 2
Fotoilustración.

¿No les ha parecido que las fotos que muestran revistas como Paparazzi, o las secciones de sociales de los periódicos, donde enseñan el bar de moda, con clientes en las mesas abrazados, con una sonrisa impostada y alzando una botella de trago, rayan en lo falsario y absurdo?

Vemos allí, a personajes de todos los pelambres y condiciones: funcionarios, políticos, politicastros, periodistas, ‘empresarios’, muriéndose por ser retratados, como se decía antes, con las “máquinas de retratar”, como nos lo recuerda Vallejo, en varias obras. ¿Qué objeto tiene? ¿No tenemos ya suficientes dosis de narcisismo con el Facebook y el Instagram?

El dueño de la discoteca paga para que su negocio sea mencionado, esperando tener más clientes; y los periodistas cobran por esa publicidad disimulada. La historia de Ibagué, tristemente demuestra que la vida útil de bares y ‘amanecederos’, dura lo que dura una efímera noche de rumba. No hace falta sino el primer muerto, las primeras cuchilladas y botellazos, o una leyenda urbana, para que el prestigio de un negocio quede por el piso.

La discoteca Abadía, tuvo afluencia de clientes y fue considerada centro social imperdible en los años noventa, hasta que dijeron que el diablo se había aparecido y bailado con una joven. Supuestamente, el mandingas, le dijo a su pareja “no me mire los pies”, y cuando la muchacha dirigió su mirada al piso vio las pezuñas del maligno, enloqueciendo de repente.

Un rumor similar, circuló en la Ibagué de los años cuarenta, y ha perdurado hasta nuestros días, cuando al diablo y a su mujer, se les vio bailando, sin una prenda encima, El Ron de Vinola, en un club del barrio Baltazar. El incidente, hizo que el obispo de la época condenara desde los púlpitos, la canción popular que todavía anima los diciembres de toda Colombia.

Eduardo Restrepo Victoria, acabó con La Calera, no solo comprándola, con 300 millones de pesos en rama a sus propietarios originales; sino afectando la zona de influencia. El ‘Socio’, dijo que si no le vendían el bar, montaría uno enfrente, más estrambótico, que lo arruinaría. Los que no se arruinaron fueron ‘Nacho’ Reyes, el ‘Gordo’ Orlando, y otros, quienes de tanto en tanto, y con dinero sacado quién sabe de dónde, montan negocios, griles, restaurantes, barcos, y viejotecas, para fútil divertimiento de las masas.

A ese mismo tenor, alguien me podría informar quiénes eran los dueños originales del Ocho Club, el negocio ubicado al pasar la glorieta de Mirolindo. Por allí se veía ‘gerenciando’ a Jhon Esper Toledo, hoy secretario de la alcaldía de Luis H. En una oportunidad, que ingresé a la parte posterior del local, quedé con la boca abierta al observar una costosa colección de autos clásicos, que eran mantenidos allí.

Para unas fiestas del folclor, en La Fonda del Camino, bar de la calle Cuarenta, entre carreras Quinta y Sexta, un borracho le disparó a otro alegre contertulio con una pistola: el proyectil atravesó los tejidos blandos del ciudadano y fue a caer en la cabeza de un infortunado, que departía en una mesa cercana, ocasionando su inmediato deceso. Al arribo de la Policía, los clientes enardecidos gritaban “fue Andrey, fue Andrey”, pero de entre la muchedumbre salió Diego, pistola en mano, confesando el crimen. No aparecieron testigos, las pruebas de parafina se adulteraron, Diego fue condenado y ahora acompaña de nuevo a Andrey en la vida bohemia y licenciosa, en lo que el cronista Salcedo Ramos acertó denominar como La eterna parranda.

En La Fonda de los Guaros, otrora discoteca ubicada en la vía a Mirolindo, estaba cantando el intérprete popular Juan Carlos Zarabanda, cuando de súbito aparecieron unos malosos armados, que querían ajustarle algunas cuentas. El crédito de Chaparral, tiró el micrófono, echó a correr, y se lanzó por el barranco que colindaba con el bar. Los malandros lo buscaron, pero ante la oscuridad reinante no pudieron localizarlo. Con las primeras luces del día, Zarabanda salió de la vegetación donde había pasado toda la noche, humillado y contrito.

El periodista deportivo Élmer Pérez, fue acusado de calumniador y resentido (qué pecado con Élmer), cuando reveló en su programa de RCN, que varios jugadores del Deportes Tolima, habían estado de juerga en el estadero El Abuelo Pachanguero, donde no solo no pagaron la cuenta, sino que firmaron vales, prometiendo regresar a cancelar, y nunca lo hicieron. Al final, Camargo intervino y limó las asperezas entre los futbolistas y el comunicador.

En Ibagué, ya nadie organiza conciertos ni tocatas con empresarios de logística locales como los ruices, sotomontes, toledos, pulpos, pues cuando cae el telón, quienes se asocian con ellos descubren que han sido esquilmados con licor oculto y adulterado, boletas de dudosa litografía, billetes falsos, sonido y artistas sobrevalorados, empleados de dudosa confianza, y demás fraudes. Al ‘Pulpo’, socio del dirigente político Jesús Alberto Carvajal, el ‘Guácharo’, lo hicieron arrimar en una ocasión a la Fiscalía, donde terminó conciliando y devolviendo parte de lo que sus tentáculos se habían apropiado de un estirón.

Las compañías de seguros de Ibagué, no volvieron a conceder pólizas a una familia de empresarios, dueños de bares, panaderías y asaderos, pues sus negocios de la noche a la mañana, ardían en llamas y había que pagar los millonarios valores asegurados. Los incendios ocurrían siempre en la madrugada, sin testigos y por un reiterado corto circuito.

La lista se haría interminable y no alcanzaría el poco espacio disponible en esta página. Así que ya sabe amigo, vaya a Baruka, la discoteca de moda, tómese la foto de rigor y unos buenos rones. Puede que cuando regrese, encuentre a otros propietarios, nuevos socios y administraciones; pero de todas maneras, esté seguro que procurarán hacerle pasar una buena velada en la inacabable noche de rumba ibaguereña.

Por: Alexander Correa C.,  contador público, periodista, autor.

 

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