¡La maldición que cayó sobre Ibagué!

Miguel Salavarrieta

Miguel Salavarrieta

Quiero hacer claridad, de entradita, que no estoy maldiciendo a nuestra capital, ni mucho menos que la ciudad se encuentre condenada o castigada por la justicia divina o por la inacción de algunos de sus gobiernos. No, mi más faltaba, eso que lo juzguen los ibaguereños en las fiestas de la democracia, acompañadas de tamal y gaseosa. Esta maldición que recayó sobre Ibagué no salió del consultorio del indio amazónico, ni de la metafísica y exsenadora Regina Betancurt de Liska, ni mucho menos del santero Gabriel, quien tiene su agenda comprometida hasta el 8 de marzo con aquellos candidatos que ven en él su única esperanza, porque “el profesor hace posible lo que parece imposible!!”, según afirma su portal en internet.

No, me refiero a Ibanasca, sacerdotisa y líder de la tribu de los Dulima que habitó el Cañón del Combeima, quien maldijo los cantos dejando a Ibagué sin himno oficial por más de 400 años, hasta que esta abominación fue conjurada en el 2009 bajo la batuta del maestro César Augusto Zambrano Rodríguez, porque en el 2012 Ibagué estrenó su himno escrito por Jorge Arturo Villegas Grisales y música de Edna Victoria Boada. Ibanasca o Dulima, aguerrida defensora de su raza, fue acusada de bruja y quemada viva. Mientras esta guerrera ardía en la hoguera maldijo los cantos, pretendiendo que mediante esta forma de transmisión oral no se conociera la tragedia de su pueblo y el hechizo surtió efecto, trascendiendo las fronteras de Ibagué y hasta perturbó la inspiración de los autores del Bunde Tolimense, quienes solo miraron al sur, sin percatarse, como algunos mandatarios, de que al norte también hay Tolima.

O sino, que mi historiador de cabecera y hoy discípulo del Senador de la paz diga lo contrario. La contra para el embrujo estaba más que preparada, nada menos que la obra musical “Ibanasca: una obra cantada de los Dulima” y para que fuera “más efectivo” el lugar del ritual era el propio cañón del Combeima en medio del más hermoso ambiente natural (Iguaima) con la complicidad de la noche. “Ibanasca:una obra cantada de los Dulima”, con meses de ensayo, más de 150 artistas en escena, la asesoría de profesionales de la danza y el teatro, el apoyo y acompañamiento de libretistas historiadores, poetas y los autores de obras sobre esta diosa, solo esperaba la hora cero, el momento de su estreno nacional para que el embrujo quedara conjurado. Todo estaba listo, hasta el tamal, la lechona y más de mil invitados, pero no contábamos con que la naturaleza se confabularía con Ibanasca para que el hechizo perdurara. A mediados del año 2009, días antes del evento, una fuerte avalancha del río Combeima destrozó vías, derrumbó viviendas, tumbó postes, incomunicó la zona y en su brutal paso arrasó con nuestro programado ritual musical. ¿Y ahora qué?, pues cambiar de escenario, trasladarnos al teatro Tolima. Pero cómo darle esta noticia a mi sensible amigo César Zambrano y convencerlo del cambio de sitio. Difícil, porque realmente todo estaba preparado para ese ambiente natural. Fueron meses de investigación, de ensayos y el cambio de lugar era empezar de nuevo. “Al mal paso, darle prisa”. Llamé al maestro Zambrano y como siempre entró emocionado contándome los últimos avances de la obra. No tenía ni idea de la gravedad de los hechos y mucho menos de lo que le tenía que decir, hasta que se lo dije. Palideció. Sus dedos cortos y juguetones sobre la mesa perdieron el ritmo. Guardó silencio para desahogarse: “Eso no puede ser, ¿sabe usted lo que me está diciendo?” y luego de otra larga pausa sentenciar (en primera instancia) “maestro…la obra queda cancelada”. El maestro Zambrano se paró para irse, pero no moví mi silla para darle paso y no tenía por dónde salir. Yo sabía lo que me esperaba y por eso estratégicamente lo había arrinconado en la mesa. Le tocó volverse a sentar. Había caído en la emboscada. Sus dedos cortos volvieron a sonar. Respiró más tranquilo. Ya no se me infarta, pensé. “Está bien, es un gran esfuerzo, pero un bonito proyecto. Presentémosla pues en el teatro Tolima y en Bogotá”, falló en segunda y última instancia.

El 29 de agosto de 2009 “Ibanasca: una obra cantada de los Dulima” hechizó a los asistentes al teatro Tolima y luego lo hizo en Bogotá el 9 de marzo de 2010. Con este éxito el embrujo desapareció y la Ciudad Musical de Colombia por fin pudo tener himno, luego de varios intentos, de muchos tropiezos que tuvieron varios gobiernos en este propósito de que la ciudad musical dejara de ser inspiración de la expresión “en casa de herrero, azadón de palo”. Ahora bien, si el himno gusta o no, si se canta o no, debe ser motivo de otros conjuros, perdón análisis y acciones. Finalmente, con esta nota quiero rendir homenaje a uno de los más importantes artistas y gestores cultores que ha tenido nuestra tierra, el maestro César Augusto Zambrano Rodríguez, artífice de muchos eventos, inspirador de grandes causas, un encanto de persona, un ser no repetible y por cuenta de Ibanasca, un poderoso y efectivo practicante de magia blanca, con bellas melodías que encantan el espíritu.

Por: Miguel Salavarrieta Marín, periodista, exdirector de Cultura del Tolima.

Líbano, marzo de 2014.

Deja un comentario