La última nevada

Luis Carlos Rojas García

La última nevada sorprendió al obrero sobre la Autoroute 20E/QC 132 E, en dirección a Varennes. Los medios anunciaban que caería alrededor de veinte centímetros de nieve y que la nieve regresaría hasta el próximo año.

El obrero fijó la mirada en la Autoroute, dejó caer su mano derecha sobre la lata de energizante, la sujetó con cuidado mientras, con la otra mano maniobraba la dirección de su vehículo. Después, llevó la lata a su boca y dio un par de sorbos a la bebida con una etiqueta que decía: Atención: El bote contiene 53.9 gramos de azúcar, lo cual equivale a 10.7 cucharadas cafeteras de azúcar, que cubren del 154 al 215 % de lo máximo tolerado de azúcar diaria para un adulto. No exceder su consumo 36 mg Cafeína.. 

El líquido entró por su garganta y fue a parar a su estómago vacío. Sabía que no debía hacer eso, no debía beber ese veneno en ayunas; de hecho, su mujer se lo repetía una y otra vez:  — ¡Un día de estos te va a dar un soponcio por estar bebiendo esa porquería! ¿Y qué carajos hago yo con un marido enfermo o muerto? 

Sí, el obrero lo sabía, su mujer tenía razón, pero, tenía que resistir, tenía que aguantar la jornada como la aguantaban muchos que, al igual que él en el país del norte y más allá, salen todos los días de sus casas a trabajar para lograr lo que la mayoría denominan como el sueño, para este caso, el sueño americano.

El locutor anunció la canción L’amérique pleure de Les Cowboys; entonces, la letra de la canción y la melodía, a pesar de estar en una lengua extrajera, se quedó dando vueltas en la cabeza del obrero. Había tanta verdad en esa América que llora las lágrimas de sus obreros, lágrimas que hacen parte del cemento de las autorutas, las mismas que todos los días es testigo de los rostros cansados, de los sueños que se pierden entre e café de Tim Hortons y las bebidas energizantes.

Países de obreros e inmigrantes quienes, por la razón que fuere, abandonaron sus tierras para vivir una vida prestada, para muchos sometida e irrespetada, y otros para soñar con bombones de colores y pajazos deliciosos como orgasmos activados en cada una de las zonas erógenas propuestas por Freud.

La nevada aumentó su intensidad y el obrero llegó a su lugar de destino. El humo de las fábricas se disipó entre la nieve y el frío. El energizante se había terminado, pero, adentro, el café a precio de un dólar esperaba.

El obrero comenzó su trabajo y entre el ruido y el barro olvidó su pena. Pensó en los dólares, en el futuro de sus hijos, de su mujer, en lo maravilloso que era vivir en un lugar de tanta abundancia y tanta apariencia.

Se sintió entonces como si por fin hubiese logrado hacer parte de la familia rica del continente y sonrió como quien no quiere sonreír, al fin y al cabo, la última nevada había llegado a su fin y le daría paso a la primavera y luego, el verano. El verano en donde todos serian realmente felices.

El obrero sirvió su cargada taza con café sin azúcar. Tenía sueño y necesitaba más de su bebida especial para mantenerse en pie. Salió un momento de su lugar de trabajo, encendió un cigarro y contempló la nieve que fenecía frente a sus ojos. Sonrió una vez más y no era para menos… era viernes… sí, era viernes y cuerpo fatigado, la mente cansada y la sangre reemplazada por la cafeína lo sabían.

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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