Al campo volveremos todos

Luis Carlos Rojas García

Muchas personas piensan que vivir en el campo es sinónimo de pobreza o desventura. De hecho, y como por dar un ejemplo, la gran mayoría de profesores rurales suelen decirles a sus estudiantes que cuando tengan la oportunidad abandonen tan espantoso lugar.

La animadversión al campo es tal, que incluso, muchos campesinos, sueñan con irse a la ciudad o, al menos, que sus hijos se vayan a la capital a estudiar y a tener una mejor vida, pero… ¿Será cierto que en la ciudad tenemos una mejor vida?

Para las personas que conocen realmente las bondades del campo y que han tenido la brutal experiencia de irse a la ciudad dizque a buscar “algo mejor”, dicha idea es realmente absurda y no es para menos, la ciudad es solo una ilusión y son más las amarguras que los verdaderos momentos de felicidad.

Esto no quiere decir que esté desconociendo la barbarie que han tenido que vivir los campesinos de nuestro país y de todas partes del mundo, no. Las masacres, la desigualdad, la violencia e injusticia no se van a tapar con un dedo o con un escrito bonito que haga alusión a las bondades del campo.

Sin embargo, las cosas como son y la vida en el campo sigue siendo una mejor opción. Ahora bien, se suele creer que tener un sueldo, cumplir un horario, pasar largar horas en un trancón, respirar contaminación, comer contaminación y malgastar lo poco que se gana es darse la gran vida.

No obstante, la realidad es otra. La gente de la ciudad vive o, vivimos enfermos. En la ciudad, no solo respiramos contaminación, comemos, soñamos y vivimos contaminación pura. A esto se suma que, queramos o no, llevamos una rutina agitada, aunque no estoy diciendo que la vida en el campo sea fácil, pero, no es lo mismo levantarse o mejor, no querer levantarse para ir a trabajar en la ciudad, que levantarse con el canto del gallo, los rayos del sol y el sonido de los animales anunciando el nuevo día.

Por supuesto, no ha de faltar quien diga que todo esto no es más que un tema ridículamente romántico porque la vida en el campo es cruel, no hay internet, no hay ayudas reales, los campesinos son presas de grupos al margen de la ley o de las mismas fuerzas militares y, sí, todo eso es cierto.

Pero, no hay nada más real e importante que la conexión con nuestras verdaderas raíces y, créanme, nada tienen que ver con Facebook, Instagram o cualquier otra red social. De hecho, en países como Canadá, tener una huerta es parte fundamental para la gente de la ciudad.

Sí, hay una necesidad enorme por estas tierras de poder estar en contacto con la madre tierra, con las flores, con todo lo que se pueda comer de manera natural, aunque, los enlatados siguen siendo los favoritos de grandes y chicos y van de la mano de las gaseosas con gas y el café industrial con donas para llevar.

Como sea, son los campesinos los que se la juegan toda para sacar sus cosechas desde lo más profundo de las montañas para que nosotros, los de la ciudad, los que tenemos el poder dizque adquisitivo, tiremos a la basura lo que otros han tenido que sudar.

Son los campesinos quienes han tenido que vender a precios irrisorios el fruto de su esfuerzo para que usted y yo, sus hijos y mis hijos y los hijos de los demás, como buenos desagradecidos, apenas si lleguemos a probar.

Pese a esto, no es exagerado decir que hay algo mágico en el arte de la cosecha y quienes no sabemos o no saben nada de la misma, son más ignorantes que quienes no saben leer o escribir.

Digamos entonces que la balanza está mal y que, a la final, cuando todo esto se vaya a la mierda y podamos entender que el dinero no es más que papel, que la salud y la tranquilidad está primero y que el allá en la montaña la podemos encontrar, que el mejor despertador es el gallo, el río, las aves y animales de corral y cuando dejemos de creernos el cuento estúpido de la sociedad de consumo y comprendamos realmente lo que significa sembrar: ¡Al campo volveremos todos!

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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