Derrocar estatuas, un autogol monumental

Germán Gómez Carvajal

Sin lugar a dudas Sebastián de Belalcázar no es un gran prócer, ni un personaje digno de admirar por una población indígena, que desde la conquista hasta la fecha, continúa en pugna por el reconocimiento de sus derechos y un rol protagónico en el destino vocacional de sus territorios ante el Estado colombiano.

Es comprensible su enojo y su deseo de abolir esa venia nacional persistente en la historia, por una España que avasalló a sus antepasados a sangre, espada y religión.

Hasta ahí estamos de acuerdo.

El pasado 17 de septiembre, indígenas de las tribus Misak y Nassa tumbaron el busto al colonizador mencionado en la ciudad de Popayán, un acto que con una mirada rápida parece plausible.

Sin embargo, sin darse cuenta los pueblos indígenas están atentando contra su propia historia, la imagen de Sebastián de Belalcázar, no estaba para ser victoriada, ni reafirmaba su condición de héroe.

El arte y la historia están prestas a la interpretación y en Colombia, los ciudadanos de a pie, cuando pasamos frente a estos monumentos, evocamos a nuestros ancestros indígenas.

Tras un Andrés López de Galarza, hay un Cacique Calarcá. Todo antihéroe revive la fortaleza y gallardía de sus contrarios y ese el poder narrativo de las escultura como arte, inmortalizar en una sola imagen, un segmento de la historia.

Partiendo de este tipo de conciencia frente al arte, de la importancia de resguardar la memoria, las estatuas no deberían ser tumbadas porque la época de la colonia es nuestra con todo y sus antagonistas.

Todo lo sólido se desvanece en el tiempo

Porque todo hombre que se pretenda inmortalizar será condenado, por una sociedad a futuro más humana, y en esa perspectiva purista mataríamos cíclicamente con el andar de las décadas, todo asomo de historia.

La estatua del periodista Jaime Garzón, sería tumbada por buenos ciudadanos en el año 2320 porque Garzón no era vegano. O los graffitis del grafitour en Medellín serían pintados con pintura no tóxica en protesta, al uso de aerosoles que contaminan la capa de ozono.

Debemos aprender a contextualizar el arte y el valor de lo patrimonial sin sesgo. He leído a hombres de ciencia, que trabajan por el valor histórico de estructuras viejas, que abogan por el valor patrimonial, celebrando la caída de Belalcázar, la incoherencia llamada a la luz, el eructo mental del adoctrinamiento, la razón porque el plano cultural en Colombia es decadente.

¿Qué entienden ellos por patrimonio?

Yo propondría bajar todas esas estatuas de las plazas y llevarlas a un museo, un museo que permita contar la historia desde nosotros, al estilo de las crónicas de indias. Un lugar donde se resguarden esas piezas, que también hacen parte de la historia, a las que les podemos sacar jugo y que con algo de innovación y concepto, podemos hacer de los conquistadores, nuestros muñequitos a mostrarle al mundo, el reflejo de la infamia en piedras talladas, generando el turismo cultural que tanta falta nos hace y que evidentemente tenemos con qué.

La grandeza de nuestro pueblo será siempre actuar en perspectiva de construir.

Por: Germán Gómez Carvajal
Comunicador Social – Periodista
Univesidad de Ibagué.

1 comment

  1. Norma Rodriguez

    Una estatua no es solo un objeto estetico, tambien transmite un mensaje. Las imagenes de Jesucristo generan compasion, las de exterminadores y genocidas como Belalcazar sumision y muerte. Es por ello que Las estatuas de Herman Cortez,Francisco Pizarro y Pedro de Valdivia han sido removidas de toda Plaza Publica en Mexico, Peru y Chile. Llevarlos a un museo significa legitimar la barbarie en in recinto de marmol. El heroismo de Calarca, Tupac Amaru y Caupolican vive en la conciencia colectiva de America Latina.

Deja un comentario