La noche del primero de mayo en Ibagué: «Entonces que me maten a mí, me tienen que disparar».

Imagen: suministrada.

Reflexión sobre las protestas y la movilización social.

Como en las dictaduras de fin de siglo y dejando más clara que nunca la filosofía paramilitar de las Fuerzas Armadas, Ibagué vivió una noche oscura. La manifestación transcurría en horas de la noche del primero de mayo a la a altura de la 37 con Quinta. Con la tanqueta llegó el ESMAD e inició el debido proceso para acabar con los cantos de «resistencia, resistencia«. La presión del Escuadrón dividió al grupo en dos. Uno en la Ferrocarril con calle 42 y otros en la 37 con Quinta. Habitantes del sector señalaron que el vandalismo inició con la llegada del ESMAD.

La situación empeoró cuando algunos medios de comunicación cubrieron en vivo la noticia de la vandalización de bancos. Cuando vi esto pensé en los jóvenes del grupo de la Sexta que bajaban corriendo por las calles que estaban bañadas por la lluvia y que no alcanzaron a llegar a la zona neutral, la Universidad. Pensé que existía ahora una razón para disparar, ya no se perseguían delincuentes y no pelaos que antes habían hecho malabares y sonar sus tambores mientras se escuchaba «NO A LA REFORMA TRIBUTARIA» que afecta directamente a la clase media. Esa clase que trabaja de domingo a domingo, con hijos y problemas a fin de mes. La gente de bien, los que no dicen que tienen hambre por pena, los que deben despertar.

Luego hubo un muerto y otro. Capturados, desaparecidos. Desaparecidos en Ibagué, si señores. Mucho dolor y rabia contagiaba a los que alguna vez salimos a la calle a protestar y cómo no hacerlo, cómo no gritar en contra de las injusticias, cómo quedarse callado cuando los ricos duermen con tranquilidad, la clase media aguanta hambre y a los pobres los matan. Aquel que calló, que fue golpeado, asesinado; puedes ser tú, puedo ser yo, ya no es seguro estar inconforme. En la rueda de prensa del Comité de Derechos Humanos se decía «solicitamos rigurosidad en la investigación«. Tranquilos, seguramente la Fiscalía encontrará un tecnicismo que le quite la magnitud a lo que sucedió y suene lindo, en esencia somos números y el papel puede con todo.

Los medios de comunicación intentaron cumplir con su responsabilidad. Yo imagino la vida del periodista de Ecos del Combeima el primero de mayo a las ocho de la noche: –Mijo, póngase trucha, le toca transmitir a usted los enfrentamientos entres estudiantes y Policía– se acaba la llamada. Cambió una noche cálida a una con incertidumbre.

El Nuevo Día transmitió desde la 42. Los demás desde la 37. El despliegue fue intenso, los medios llegaron a Urgencias y mientras una integrante de Derechos Humanos de la manifestación declaraba ante cámaras, sin querer la atención se trasladó al instante en el que la madre de uno de los estudiantes fallecidos se entera de la noticia. Con la incapacidad de manejar la situación el periodista no logra articular palabra, llama a diosito, habla de «la mamita» mientras que la voz de la mujer sacudió a Colombia «mataron a mi único hijo, lo mataron. Entonces que me maten a mí, me tienen que disparar a mí porque yo me muero hoy«.

El 22 de noviembre de 2019 en el marco de las protestas por otro Paro social. Vándalos que bajaban desde turbos se metían a los conjuntos a saquear, los videos se viralizaron y el miedo se apoderó de la gente que se armó. Esa noche murieron jóvenes en la Capital. Sun Tzu escribió «El arte de la guerra se basa en el engaño. Por lo tanto, cuando es capaz de atacar, ha de aparentar incapacidad; cuando las tropas se mueven, aparentar inactividad. Si está cerca del enemigo, ha de hacerle creer que está lejos; si está lejos, aparentar que se está cerca. Poner cebos para atraer al enemigo«.

No quiero pensar que existe un mecanismo para desaparecer civiles o que hay infiltrados. No quiero pensar en las reuniones para la planeación de la noche del primero de mayo.

Por: Daniel Camilo Preciado Gómez.
Comunicador, social, Magister en Paz, Desarrollo y Ciudadanía.

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